martes, 29 de abril de 2014

EL COMAL LE DIJO A LA OLLA.


 Todo transcurría con tranquilidad en aquel pueblo donde Vivian personas pasivas, cordiales, trabajadoras pero a la vez llena de conflictos, llenas de alegría pero también con tristeza en sus corazones, llenas de vida pero sin miedo a la muerte, amorosas pero también guerreros a la hora de defender lo suyo; y dos de esas personas eran Pancho y Andrés, amigos desde la infancia y que ya de mayores de edad, continuaban siendo buenos amigos.
Un día muy soleado, a la orilla del rio rodeado de aquellos árboles frondosos, Pancho se encontró con su amigo Andrés; los dos parecían muy cansados por el trabajo de toda la mañana y por casualidad los dos habían coincidido la hora para irse a bañar, y mientras se preparaban para lanzarse al agua, cada quien contaba sus historias que habían tenido…
-Pues fijate vos Andrés, que no encontraba el peine hoy temprano para peinarme, lo busqué en el ropero, en la pila, en la mesa, en el baño pero no encontré nada, hasta que me di por vencido y decidí irme a trabajar solo así, sin peinarme, tenía el pelo como que fuera nido de conejos-.
Jajajajaja-reía Andrés, mofándose de su amigo Pancho, -pero ¿qué? ¿No encontraste el peine?...porque todavía te veo despeinado, ja ja ja, pero anda sigue contando porque quiero saber el final de tu historia- decía Pancho.
-¡Jah! Calláte que ahora viene lo bueno, cuando me disponía a tomar el desayuno, en el momento de querer agarrar una tortilla para llevármela a la boca, no la podía partir porque algo me lo impedía, ¿y ni te imaginás que era?  -no- respondió Andrés con curiosidad; -fijate vos que el peine no me dejaba cortar mi tortilla, y hasta entonces me fije en dónde estaba el peine-.
-Vos Pancho, ¿y no has ido al médico a que te recete alguna medicina para no olvidar donde dejas las cosas? Porque eso de que cargués las cosas en la mano y las andés buscando si es preocupando, no vaya ser que padezcas de alz heimer, esa enfermedad con la que perdés la memoria- ¡y reía a carcajadas!
De pronto, a lo lejos, se vio a alguien moviendo sus brazos, los agitaba como quien decía -acá estoy- y gritaba, pero no se le entendía, poco a poco aquella persona se fue acercando, era un compañero de trabajo de Andrés, y al tenerlo de frente le dijo, -vos Andrés, aquí te traigo la bolsa con los papeles que andabas buscando hoy en el trabajo, ¿y ni sabes donde los habías puesto?- Preguntó el amigo burlonamente, -No- respondió Andrés, con pena y vergüenza, ¿en dónde los puse? -Pues en el escritorio donde trabajas a diario-. Tené cuidado con la pérdida de memoria, no vaya ser que te dé Alz Haymer –le recomendó el amigo burlonamente-.


FIN
Cuento escrito por Sergio Armando Monterroso Mayen

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