sábado, 26 de abril de 2014

LA LECCION DEL CUERVO


-Eres una mierda.- repetía constantemente,  Jazmín, mientras, en el rostro de Santiago se formaba una mueca de fastidio. Seguidamente, se refugiaba en uno o muchos vasos de whisky, para embriagarse, y no ser esclavo del tiempo, ni de las circunstancias que les habían llevado hasta el odio mutuo. Sentados en las sillas de paja y con la cara al sol, Santiago habló a Jazmín diciéndole:
–Voy por una botella, regresaré pronto.- colocó sus labios en la frente de Jazmín, dándole un beso, de esos que ocultan un sabor amargo a despedida. Cogió su sombrero y se marchó…
Una nueva grieta se había formado en la pared. Por la ventana entraba la débil luz de una tarde sombría. Ahí, estaba Jazmín, sentada en su hamaca. El corazón yacía de lozanía, latiendo con ritmo apático. Las fuerzas apenas le permitieron encender un cigarrillo. Todos esos “te quiero” que no había dicho a Santiago, se atoraban, formando un nudo en su garganta. Ya había transcurrido bastante tiempo.
Un estruendo seco en la ventana, sacudió el estadio de tranquilidad de Jazmín. Un cuervo negro, como la penumbra, buscaba entrar en la choza.
-Carajo.- pensó. Santiago olvidó colocar el espantapájaros en los pastizales. ¿Qué más daba? Otra promesa más, que estaba rota.
Se dispuso a salir, como todos los días, en búsqueda de su adorado tormento. En el umbral de la puerta sintió el levante. Observó al cuervo volar en dirección oeste, donde se oculta el sol.
 “Primero tendrás que escalar esa montaña”, susurró el cuervo, mientras se alejaba.
Un impulso, estúpido si se quiere, obligó a Jazmín a emprender su marcha en dirección oeste. Al pie de la montaña encontró al cuervo. Ella comenzó a subir la montaña mientras el ave volaba a su lado.
Mientras escalaba, muchos recuerdos invadieron su mente. Incluso los que parecían estar enterrados. Había algo en el aire. Dos lágrimas salieron de sus ojos, confundiéndose con la leve brisa, que, repentinamente, mojó su rostro y el plumaje del cuervo.
Estaba cayendo el crepúsculo. Su corazón latía a ritmo aletargado. Tenía que encontrar algo. ¿Pero qué era? ¿Qué tenía aquel aire, que de repente le tiraba de golpe, todo el amor que sentía hacia Santiago, y que tanto disfrazó de odio? Si él se había marchado y le había abandonado ¿por qué le sentía tan cerca, en aquel ocaso? Tenía que encontrar algo a qué aferrarse, para no sentir que se moriría de amor en esa noche.
La bruma espesó, y Jazmín desmayó, cayendo en un sueño profundo. El cuervo se posó en su espalda, susurrándole “Nadie se muere de amor”.
Entreabrió los ojos, y no logró ver nada. Era de noche. Despabiló, y cuando decidió seguir caminando, notó que el cuervo no estaba. Sin embargo, se sentía recargada. De todos modos, no estaba sola, le acompañaba la luz de la luna.
Al llegar a la cima de la montaña la luna estaba llena. Las hojas caían de los árboles, como un otoño en Abril. Un fuego se sentía, aunque no se veía. Una figura masculina estaba sentada en una roca, como esperándole. En su cabeza había un cuervo.
-En lugar de quejarte porque las rosas tienen espinas, sé feliz porque las espinas tienen rosas.- dijo el hombre, penetrando sus ojos avellanados, en la mirada vacía de Jazmín. Reconocería esa voz, a dondequiera que fuese.
–Tenés muchas cosas por las cuales redimirme. Estoy pagando los platos rotos de mi idiotez.- dijo Jazmín.
-Nadie se muere de amor.- explicó Santiago.- Andá a buscar utopías, lejos de todo lo que te recuerda a mí. Ya no puede irte peor, el viento soplará a tu favor.
-Estoy rota por dentro.- dijo ella.
-Pero con la esperanza intacta.- le replicó Santiago. –Fuimos crueles uno con el otro, pero eso nos enseñó a no confiar en nadie. Todos te abandonan algún día. Sin embargo, confiar en las personas equivocadas, te enseña a no ser pendejo. Nos tocó aprender a la mala. Quiero que sepás, que no necesitás de mí, ni de nadie, para ser feliz. Quiero que vos también me perdonés.
-No tengo nada qué perdonarte. Ya no importa.- susurró Jazmín.
 -Entonces me voy tranquilo.- se acercó a ella, y volvió a besar su frente, como aquella tarde en la que salió por una botella de whisky, y no regresó.
Santiago se fue caminando entre la penumbra, y se desvaneció. Fue ahí donde Jazmín comprendió, que todos se marchan. Que las personas llegan cuando deben llegar, siempre por algo. Y una vez terminada su misión en nuestra vida, ya no tienen cabida en ella. Y que nunca, se debe desperdiciar un momento para pronunciar un “te necesito” o un “te quiero”. El cuervo también se había desvanecido.
Entendió la existencia de aquella ave. Ese empujón, esa fuerza, que te hace decir “UNA VEZ MÁS”, cuando todo parece perdido. Hay amores bizarros, que matan, y son, a veces, los más maravillosos. Porque antes de matar, hacen vivir.
Esos amores que matan, no mueren, son eternos y eternizan.

Cuento escrito por Astrid Mijangos



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