domingo, 27 de abril de 2014

LAS GEMELAS TRAVIESAS


Érase una vez, en un pueblecito muy lejano de la Ciudad de Andalucía en España, dos pequeñas niñas, gemelas, Tina y Dina eran conocidas por ser las más traviesas en todo el pueblo. Su padre Agustino, quien era poderoso por ser el dueño de 168 caballerías en toda la ciudad, muchas veces no las soportaba. Él les cumplía todos sus caprichos pero ellas no obedecían y seguían haciendo travesuras.
Un día soleado y muy bonito, Tina le dijo a Dina – Vámonos de paseo, pero a escondidas no le digamos a papá. Agustino tenía designadas a 3 niñeras para cada una. Una las vestía, una les preparaba la comida y a la otra le tocaba la tarea más difícil, el cuidarlas.
-Tina vamos al bosque, pero no le digamos a nuestras niñeras, así papá no se enterará de nada.- fue lo que dijo Dina.
-Me parece, igual ya somos grandes, tenemos 9 años y podemos hacer lo que queramos. Nuestro padre siempre nos perdona y nos regala todo lo que le pedimos, no existe problema alguno para escaparnos.
Tina y Dina hacían todo solas, porque por ser muy traviesas no tenían amigos en el pueblo. Antes de partir al bosque, Tina le dio un abrazo a su padre y le dijo que lo quería mucho, más de lo que mamá y Dina lo querían.
-Si me quieres, ya no seas traviesa.- le dijo Agustino a Tina.
-Yo te quiero padre y no volveré a cometer otra travesura más, te lo prometo.- fue lo que Tina le dijo a su padre. -¡Qué conste que es un promesa! Me la debes de cumplir.- dijo Agustino
Dina preparó todo para ir en busca de conejos al bosque, pero Tina ya se estaba echando para atrás porque tenía en mente la promesa que le había hecho a su padre.
-Le prometí a papá ya no seguir haciendo travesuras.- dijo Tina.- Pero no importa siempre las hacemos y él perdona, hagamos lo que queramos.- dijo Dina muy tranquila.
Tina no estaba muy convencida de ir al bosque, tenía en mente la promesa hacia su padre pero aún así, acompañó a Dina para cazar a muchos conejitos.
Las dos niñas se escaparon de casa y nadie se dio, como siempre. Tina y Dina iban caminando por el bosque solitarias pero cantaban como nunca lo hubieran hecho y todos los animalitos les prestaban atención.
Ninguna de las dos sabía que en el bosque vivía un señor cascarrabias que era malo, muy malo y decían muchos en el pueblo que le gustaba esconder a las personas en una casita en el bosque porque todos llegaban a cazar a sus amigos los animales.
Dina llevó comida mientras caminaban y llegaban a donde los conejitos que les gustaban vivían. Tina estaba muy asustada porque se veía muy oscuro el lugar por tantos árboles gigantescos que existían a su alrededor. Pasó media hora y las niñas llegaron al lugar y lograron cazar cuatro conejitos.
-       Hay que poner a los cuatro conejitos en la canasta.- dijo Dina
-       Sí Dina, sería lo mejor pero rápido que ya oscurece y papá nos puede cachar.- Tina expresó con preocupación.
Al caminar por el bosque las dos niñas iban muy tranquilas porque ya llegarían a la salida, pero de repente escucharon un ruido muy tenebroso y cuando se fijaron debajo de ellas crecía una sombra y al voltear a ver era un hombre gigante, con manos y ojos muy grandes.
-       Hola pequeñas, ¿Cómo están? – expresó el hombre gigantesco.
-       Hola.- dijo Dina - ¡Cállate! No le hables a extraños.- dijo Tina
El hombre sonrío y las miraba a las dos con ojos de comida, les siguió hablando hasta que Tina aprovechó la oportunidad y salió corriendo, pero Dina se quedó con el hombre malvado. Los conejitos de la cesta salieron corriendo muy asustados y Tina corría y corría y no encontraba la salida del bosque, hasta que escuchó el sonido de un carro y se guió. Cuando llega a casa, le dice a papá – Papá, papá Dina está perdida en el bosque, perdóname prometí ya no ser traviesa. - ¿En el bosque? ¿Qué hace allí? – dijo Agustino
-       Fuimos a cazar conejos padre, pero un hombre tenebroso nos atrapó y yo huí pero Dina no pudo escapar de las manos de ese hombre feo y malvado.- dijo Tina espantada.
Todos estaban muy preocupados y no sabían que hacer. Las niñeras tenían un plan, avisar a todos para que ayudaran a buscar a Dina en el bosque, ya que ese hombre era conocido por ser muy malvado.Pasaron 2 horas y todos caminaban con linternas en manos por el bosque, 37  personas buscaban a Dina y ya se había hecho muy oscuro. Luego, un grupo de niños escuchó la risa de una pequeña y avisaron a todos.
-       ¡Es Dina! – exclamó Agustino – ¡Es mi hija!
Cuando tocaron a la puerta de la casucha del hombre malvado, Dina estaba jugando con los conejitos que habían cazado con Tina y tomaba una taza de té, el hombre sonreía tenebrosamente pero él solamente cuidaba de la pequeña.
-       No me teman, guarden sus palos y sus armas, yo no soy malvado eso es lo que todos piensan de mí, pero solo es por ser feo y grande. Yo cuidaba de la pequeña Dina y le preparé el té especial de mi abuela.- dijo Ramsés, así se hacía llamar el hombre gigantesco y tenebroso del bosque.
Una niñera dijo que ella lo reconocía y efectivamente no era malvado. Era un niño huérfano que al perder a su abuela se refugió en el bosque por mucho tiempo. Agustino agradeció a Ramsés el haber cuidado de su hija pero estaba muy triste porque las pequeñas no dejaban de ser traviesas.
Al regresar a casa, Dina le contó a su padre todo lo que había hecho con Ramsés y Agustino decidió construirle una casa mucho más grande, limpia y bonita como agradecimiento por haber protegido a Dina.
-       Papá eres muy bueno. – dijo Dina – Lo hice por ti mi pequeña, pero por favor pórtense bien, no quiero que les vuelva a pasar nada malo.- dijo su padre.
Tina aún se sentía triste y le pidió disculpas a su papá por no haber cumplido con la promesa, luego ella habló con Dina y juntas decidieron no seguir siendo tan traviesas y no hacer nada a escondidas de su padre.
Desde ese día y desde entonces, Tina y Dina ahora eran niñas muy tranquilas, no eran traviesas, obedecían a su padre y tenían muchos amigos en el pueblo. Además no hablaban con extraños en las calles y se portaban muy bien con sus niñeras. Las gemelas por fin habían aprendido la lección.
FIN


               Cuento escrito por Diana Marisol Medrano Maeda


 



0 comentarios: